Vaya por delante que Jorge es el corredor que aparece detrás mío en la foto de cabecera del blog. Él es más de asfalto. Yo más de montaña. Él ve una proeza que yo corra 100 Km. Yo veo imposible bajar de 3 horas en una Maratón. Y él lo hace. Él es un gran corredor, y un amigo. Corrimos juntos la Maratón de Berlín, y este año se ha ido a correr a Nueva York, como los grandes. No fue en un paquete turístico, no. Le admitieron por marca personal, no por sorteo. Por mértios. Es decir... como los grandes.
¡Os dejo su crónica!
Maratón de Nueva York, 3 de noviembre de 2013
Cualquier
crónica de otro maratón comenzaría hablando de los resultados, de los tiempos,
del recorrido, de cuestiones más técnicas tal vez, sin embargo mi relato sobre
el maratón de Nueva York no puede ser así, si acaso esos aspectos quedarán para
otras tertulias atléticas. Esta carrera es algo más que un maratón, es un
acontecimiento para toda una ciudad y para muchos miles de corredores populares
de todo el mundo que como yo, hemos soñado alguna vez con correr por las calles
de la gran manzana.
No leeréis
nada que tal vez no hayáis leído ya o que alguno de vosotros hayáis podido
vivir, aún así, éstas son mis vivencias en este maratón.
Todo comenzó a
gestarse ahora hace poco más de un año, en Berlín, tras haber corrido el
maratón de esa ciudad. Había conseguido un excelente tiempo para mí en ese
estupendo circuito y empecé a soñar con poder correr algún día en Nueva York.
Miré los tiempos que se requerían para poder inscribirse y aunque por poco, lo
cumplía, así que ¿porque no soñar con que me pudieran admitir?, sin embargo, el
29 de octubre de 2012 el mortífero huracán Sandy truncó además de muchas vidas,
el desarrollo del maratón de Nueva York de ese año, ya que éste se suspendió en
el último momento, y aquella catástrofe retrasó el proceso de admisión para el
año 2013, hasta que un 30 de mayo recibí el mensaje de la organización, ¡había
sido aceptado para correr el maratón!. Lo que hasta entonces simplemente había
sido una mera ilusión, se convertía en realidad. Cinco meses me separaban
todavía de estar en la línea de salida del Verrazano-Narrows Bridge y todo por
hacer. Muchos consejos leí y me transmitieron, pero de todos me quedé con uno:
“disfruta de esta gran carrera, es única”. No dediqué mucho tiempo a pensar en
ello y en julio empecé mi plan de entrenamiento, mientras Isabel preparaba a
conciencia este viaje para toda la familia, junto a mis hijas Eugenia e Elena
que no se querían perder tampoco este acontecimiento.
Entrené y
entrené, julio, agosto, septiembre, octubre, quería disfrutar de la carrera y
para ello tenía que estar preparado y pasó el tiempo tan rápido que cuando me
di cuenta sólo quedaba una semana para partir, cuando la mala suerte de los
últimos días hizo que cogiera un enfriamiento que me dejó bastante tocado, tanto
física como moralmente. Pero pensé que eso era una prueba más que había que
superar y que no iba a hacerme reblar. Como fuese yo correría.
Y llegó el viaje,
los aeropuertos, los aviones, los traslados. Recogí el dorsal en el Jacob Javits
Center, hacía un día estupendo y se respiraba el ambiente del maratón por toda
la ciudad, la gente te preguntaba si ibas a correr, todo el mundo te deseaba
good luck, era fantástico y por fin, el día 3 de noviembre, a las seis de la
mañana, noche cerrada todavía, frente a la Public Library de la Quinta Avenida, en
fila cientos de corredores para tomar los autobuses que nos llevasen a Fort
Wadsworth, en Staten Island, junto a la salida en el Verrazano-Narrows Bridge.
Frío intenso, caras sonrientes, muchas nacionalidades, muchas lenguas y mucha
ilusión. Hora y media casi para llegar a la zona de salida y unas medidas
excepcionales de seguridad para poder entrar, revisión de mochilas, detectores
de metales, perros policía y mucha, mucha policía. Se palpaba en el ambiente el
recuerdo de Boston. Por fin, después de pasar todos los controles entro en la
zona de la que tanto me habían hablado. Ya había amanecido, unos corredores
iban de un lado para otro, otros esperaban sentados, otros en una carpa donde
había una celebración religiosa, otros escuchaban música. Seguía haciendo frío,
la gente se abrigaba como mejor podía y yo hago un recorrido de reconocimiento
para situarme y hago fila para tomarme un té y después otra fila para tomarme
el famoso Dunkin´Donuts, pero mientras tanto escucho la llamada de apertura de
mi zona de espera de salida, corrales los llaman, así que me voy y me quedo sin
probarlo. Sigo abrigado, hace mucho frío y viento, allí nadie calienta, todavía
queda una hora pero no hay sitio suficiente para calentar. Sigo esperando, sigo
observando a todos esos corredores venidos de tantas partes del mundo, algunos
tienen aspecto de ser muy buenos atletas y yo me digo que también estoy allí,
como ellos y que quiero disfrutar de esta carrera, que he venido para eso. Última
visita al servicio y finalmente abren la zona de espera y nos conducen al
comienzo del puente, me voy quitando ya capas de ropa que dejo en unos
contenedores para beneficencia, pero me reservo todavía parte de la ropa ya que
todavía quedan bastantes minutos de espera. Me doy cuenta que aquí nadie ha
calentado, seguimos agrupados protegiéndonos unos a otros del frío, veo a gente
temblar, veo a gente compartir su ropa, veo a gente reir, a otros rezar y
llegan las presentaciones de los corredores de élite, el himno norteamericano
cantado por una niña, silencio, respeto, concentración, cada uno pensamos en lo
nos espera y en lo que nos ha costado estar allí, y por fin se escucha el
famoso New York, New York, que debe ser tradicional en esta carrera y la salva
de un cañón, y empezamos a correr, o casi mejor debería decir a andar, ya que apenas
puedo dar una zancada.
El Verrazano-Narrows Bridge sube y sube, pero
salgo con fuerza, ha llegado el momento, tengo ganas de despegarme este frío y
apenas noto la subida. Bajamos el puente y entramos en Brooklyn

y allí aparece el público, ese
público que durante toda la carrera no va a desaparecer y no va a desfallecer
en su ánimo; 4ª avenida, el sol parece que nos quiere calentar un poco y me
desprendo del gorro, algo mas adelante de los guantes, pero los manguitos me
acompañaran hasta la meta. Miles de voluntarios, niños y niñas ofreciéndote sus
palmas para chocarlas, gritos, música, ánimo a todos los corredores. Hace frío
pero el público te transmite calor.

Sigo mi ritmo, llevo en la cabeza
los tiempos que debo cumplir, y el entrenamiento me da confianza, bebo un
vasito de isotónica en todos los avituallamientos, que son muchos, no debo
olvidarme de la hidratación a pesar del frío. Esta 4ª avenida es muy, muy
larga, pero cada milla que pasa vas viendo un ambiente diferente, gente
diferente, músicas distintas. Vamos avanzando, seguimos por las avenidas de
Lafayette, Bedford y Manhattan y llegamos a la mitad de la carrera, ya estamos
en Queens y comienza el paso de los puentes, voy bien, paso según lo previsto. Busco
a mi familia por dónde me habían dicho que estarían, pero es muy difícil
encontrarlos entre tanta gente (ellas si que me vieron). No pienso en el final,
mi meta la tengo cada cinco kilómetros y ahora empieza un muro de verdad,
primero cruzamos el puente Pulaski,

un aperitivo previo al puente de
Queensboro que arranca en Long Island City para pasar sobre el East River y
Rooselvet Island. Largo, este puente se me hace muy largo. Allí, durante esos
kilómetros no hay público, sólo el sonido de las zancadas y la respiración de
los corredores que me acompañan que ya empiezan a serme familiares,
llevamos ya unos kilómetros
corriendo juntos, mi ritmo decae, la pendiente se nota, pero entramos en
Manhattan por la 1ª avenida y el público se da cuenta en nuestras caras del esfuerzo y anima más,
vamos en dirección a Harlem,

cruzamos el puente Willis, donde
dicen que te encuentras el muro, para seguidamente entrar en el Bronx. Estos
puentes hacen mella y vamos camino del kilómetro 35 entrando nuevamente en
Harlem por la 5ª avenida. Estos kilómetros son los que llamo yo entrar en
“tierra ignata” por no saber nunca que puede pasar. Ya voy pensando en que
queda poco, en que hace falta un último esfuerzo porque mi ritmo ha decaído,
restan 7 kilómetros
y no van a ser fáciles. Llegamos a Central Park y veo a lo lejos una serpiente
multicolor de corredores y digo que los veo, lo que me indica que la calle tira
para arriba y lo empiezan a sentir mis piernas, y ahora empiezan esos momentos
dónde ya no sirve el entreno, sino la mente. Veo corredores que se paran,
calambres, agotamiento. Trato de animarme, estoy corriendo en Nueva York, estoy en Central Park y voy a
conseguir un sueño.

Ahora no puedo desfallecer aunque
mis piernas me dicen que no pueden más, pero incremento mi ritmo, me fijo en corredores
de referencia para no perderlos y tratar de alcanzarlos y es que este parque es
muy, muy grande, que costoso se me hace, hasta que finalmente llegamos a
Columbus Circle. Allí la gente se arremolina y anima sin parar, saben que es el
último esfuerzo, el último giro y entro de nuevo en Central Park, aparecen el
recorrido vallado, las señales de los últimos metros, las últimas yardas y de las
gradas llega ese grito alentador, el speaker cuenta los segundos que restan para
las tres horas, 10,9,8…miro mi crono, sí, lo voy a conseguir y levanto los
brazos cruzando la meta, lo he conseguido.

He finalizado y estoy agotado
pero contento, enseguida me cubren con una capa y me dan la enhorabuena, me
colocan una medalla, que nos hemos ganado todos por llegar y voy andando,
despacio, mirando el parque, por allí ya no hay público hasta la zona de
encuentro con mi familia, me lo tomo con calma, bebo de una botella de la bolsa
de avituallamiento y sigo poco a poco hacia la salida, todos los voluntarios te
saludan, congratulation, respondes con una sonrisa, salgo del parque a la
altura del tristemente recordado edificio Dakota e imagino por un momento a
John paseando por ese parque que tanto veía, pronto me ponen una nueva capa mas
recia y salgo al encuentro, me espera Isabel y mis hijas Eugenia y Elena, me
pregunta como estoy pero sabe que me ha ido bien, me ve sonriente, me vio a
mitad de carrera con cara de sufrimiento, pero es mi gesto. Me cambio de ropa,
unas fotos y nos vamos para el hotel. No me doy cuenta pero no me he quitado la
medalla del cuello, y vamos en el metro y la gente me observa, sonríen, saben
que soy uno de los cincuenta mil corredores que han corrido por sus calles
haciendo de ese 3 de noviembre un día especial.

Se terminó el
maratón de Nueva York, se cumplió el sueño, pero siempre quedará en nuestro
recuerdo.
Jorge Royo Mallén Noviembre de 2013