Vaya por delante que en el fondo me ha quedado buen sabor de
boca, pero esta era la cuarta vez que participaba y no disfruté nada mientras corría.
Antes sí. Después también. Durante... pues no.
Como sabéis (cansino que soy) me encanta correr por montaña. Por caminos, con desnivel, con piedras, con hierba... rodeado de naturaleza. Es algo que me repone. ¿Siempre? Pues parece que no.
Este año acudí a La Llacuna para correr los 23 Km, con sus 970 metros de desnivel positivo de la Botifarunner con muchas ganas. Llevo desde noviembre corriendo exclusivamente por asfalto. Entrenando, con todo lo que ello conlleva, para la maratón de Barcelona. Yo creo que es por este motivo por el que tenía tantas ganas de una carrera de montaña. Para empezar el año. Para tener un avance de lo que haré a partir de abril-mayo.
Como decía, el sábado me planté en La Llacuna, vi el futbol con mis amigos y me acosté pronto. Pasé una mala noche, de esas en las que te vas despertando cada hora y media o dos horas. De esas que te levantas con la sensación de no haber descansado lo suficiente. Al día siguiente, a las 10 tomábamos la salida 300 corredores. Era uno de esos días frescos pero soleados. Llevaba una camiseta térmica de manga corta y la de la Botifarunner del año pasado encima. Demasiado abrigado.
Los primeros 10 kilómetros fueron más o menos rápidos. Los hice en 1h05m. El desnivel salvado en ese punto era de unos 500 metros. Allí ya me sentía mal. Me pesaban mucho las piernas. De fuelle iba bien, pero de piernas...Me dolían. Me quedaba hora y media de un camino rompedor, y no me veía nada bien. Sin entrar en muchos detalles, decir que la segunda mitad fue muy dura. Se me hizo muy dura. Durante el resto de carrera, hice los dos tramos de subida largos andando todo el rato. Si intentaba correr, las piernas decían que no. Y no era la cabeza, eran las piernas. ¡Lo juro! Las bajadas, conservadoras. Los llanos, al trote. Y la cabeza, preguntándose contínuamente los motivos de no estar disfrutando. Se suponía que era la primera carrera de lo que va a ser mi gran año de montaña (Dios mediante), y lo estaba pasando mal! ¿Que estaba pasando? El año pasado tardé 2h31m. Este año, era medio kilómetro más larga y con un trazado mucho más exigente, pero quería bajar de 2h25. Y Llegué en 2h36, posición 132 de la general. Llegué bien, pero con el sabor amargo de no haber disfrutado en lo que tenía que ser un día redondo corriendo por caminos, por los bosques de pinos que tanto he recorrido durante los veranos de mi niñez.
Esta mañana he salido a trotar. Mientras corría, ya con la cabeza fría y mientras escuchaba a Queen, he sacado las siguientes conclusiones del porque esta Botifarunner no salió como me hubiera gustado:
- la principal causa: llevo 4 meses entrenando por asfalto. Exclusivamente asfalto. Nada de montaña. Las piernas, evidentemente, no están preparadas para 1000 metros de desnivel. Y punto.
- Exceso de confianza. Creo que pequé un poco de eso. Yo, "el ultra corredor", habiendo corrido la de Guara, la del Aneto, Oturia... ¿qué es una de 23 Km para mi? Pues eso: ¡Zas en toda la boca!
- No había descansado bien. Quieras o no, cuando no descansas el cuerpo lo nota. No estaba "fino". Hay días y días. Y el domingo, no era el día.
- Mala hidratación. Hizo calor, iba con térmica, sudé mucho, perdí muchas sales... ¡y yo iba sin agua! (exceso de confianza, mala preparación...). Sólo bebí un poco en los avituallamientos. Debería haber llevado mi bidón con sales minerales. En la ultra del Aneto aprendí la lección. Me sentía agotado, acalambrado, mal... y lo solucioné bebiendo agua con sales. Así de simple.
- Mala planificación. Hice el primer tramo demasiado rápido, gastando mucha energía (que encima no repuse). La segunda parte de la carrera era la dura, y lo pagué.
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